Cartas al corazón  (2) 

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Como sonata de invierno sonaba el piano de aquella mujer, cada vez que tocaba los pajaritos paran en su canto.  Se necesitaban todos los sentidos para sentir lo que realmente quería decir con sus melodías. 

Ella pelirroja,  con porte de amante para la vida y con ojos inútiles como como una balsa en un desierto. Ella tan propia… tan ella…

Aguardaba en su casa solitaria,  como flor en otoño su muerte.  Pero un día un hombre de gran porte. Un poco despistado, pero con lo necesario para ser un caballero. Apareció en su puerta. Impresionado por su belleza pregunto:

– ¿Qué hace una mujer tan hermosa, en una solitaria casa como esta?

– Vivo aqui, repondio. Con mi gato y mi piano. 

* De apoco el se percató que estaba en presencia de una completa  ciega. 

Como melodía trágicamente romántica sonaban los besos de aquellos locos, sedientos de amor pero locos al fin. Con poco que decir,  pero mucho que expresar aquellos amantes no dejaban que la llama de su repentino amor se apagará. 

Pasaban los dias, pasaban los meses y aquello que comenzó como un infortunio,  poco a poco se convertía en algo real y duradero. Los planes de vida se formaban en una noche de invierno con la fogata encendida. La mujer ciega había encontrado su amor eterno. Aquella mujer que sabía cómo ver con el alma,  había encontrado a su príncipe azul. 
Un día mientras su felicidad afloraba. El recibió uno carta. 
– Dime que dice la carta. Dijo ella.

– Es la peor noticia mujer. Replicó.

-¿Es citatorio para la guerra verdad? 

– Tristemente tengo que acudir. Dijo con una lágrima en mejia.

– No me dejes. Llorando dijo la mujer. 
Desde ese día que partió,  ella no para de salir a sentarse en su vieja silla de terraza. Esperando a que su amado aparezca. Nadie sabe con exactitud el fin de aquel hombre. Se fue así como llegó, de una manera misteriosa. La mujer toca el piano, mientras espera su muerte. Las melodías salen sin cesar de sus dedos como entristecidas… La mujer ciega se quedó con ganas de vivir. La mujer ciega, camina como congeando por una herida de amor. 

                      Por  JaVy Landaverde.

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